Un lunes y dos meses después

Su incansable curiosidad sobre mí, despertaba mis voluntades escondidas de salir con él. Pero sus incurables costumbres de idiocia, atormentaban las decisiones que estaba dispuesta a tomar.

Me confesó todo, sus pensamientos pasados y nuevos, acciones que se arrepentía, maltratos realizados, ideas erróneas, deseos y fantasías que tenía conmigo; y lo peor de todo: sus expectativas. Y como buen sacerdote, curé sus penas y agobios sin ejercer juicio. Error. Con él tuve que juzgar cuando pude.

Lo que deseaba de mí, no era lo que él me ofrecía. Habló en voz baja, suave. Como un cazador que después de asesinar, ora por el alma de su víctima para que esta fluya en paz con el universo. Pero no cedí tan fácil. Eventualmente recurrió a seducirme en ideas artísticas que no pude rechazar.

La noche que sucedió todo, nadie sabía que estaba con él, excepto mi amiga que me condujo a su apartamento. Iba nerviosa y lista para el “homenaje a mi ser” que él me había ofrecido. Acepté bajo mis propias consideraciones. Al estar con él, despaché a mi amiga. Solos, escogí tres palabras. Él lo solicitó así, como inspiración para autenticar su ejercicio. Tras ello, entré a la fase libre de atavíos. La vulnerabilidad calló como meteorito. Quedé lisa e imperfecta, suave y sensible. Sus ojos aviando el ropaje, ignoraron una de las tres palabras. Estaba claro que no giraba alrededor mío su ejercicio, sino de su parafilia, pero no racionalicé en ese momento. Retroceder y salir me parecía imposible por la idea artística de la que me enamoré.
Carnalmente él me idealizaba y tras su nuevo susurro me volví un carnero indefenso. Voluble ante los proyectos de arte, no supe sino hasta tarde que aceptar, dañaría mi autoestima como flor sin espinas.

¿Qué ? Un tauro. Intelectual, analítico, más experimentado, de buena profesión, con ojos de buey, con marcos sólidos que le protegen y mapas que lo definen. Lleno de exhalaciones inconscientes en forma de letras, en las que expiraba aires de los pensamientos que no dijo. Germano con neuronas poderosas, no le he perdonado aún. Porque el engaño que sufrí esa noche, me lo sigo perdonando a mí por haberlo dejado pasar. Dicen que uno no debe asumir culpas tras un abuso, pero tuve demasiadas debilidades que encausaron este final. Aunque no sea en todos los casos, en el mío si lo fue.

Lo veo preguntarme, ¿Seguís gris?
Un lunes y dos meses después, puedo contar lo que pasó y pasé.